No es nada nuevo escuchar que hay cientos de jóvenes en nuestro país que buscan trabajo, pero: ¿Qué tan malo es?

Las cifras muestran que el desempleo afecta más a los jóvenes argentinos que a los adultos. Según el INDEC, dos de cada diez jóvenes están desempleados (19,3%). Esto ha sido así desde el 2004, logrando que la Argentina se convierta en el país con mayor desempleo juvenil de la región.

Según estas encuestas, los jóvenes provenientes de hogares humildes tienen menor probabilidad de conseguir trabajo. Prueba de esto es que el 26% de los jóvenes de hogares pobres está desempleado, mientras que sólo el 9% de los jóvenes pudientes no consigue empleo. Otro factor importante es el género. El 25% de las mujeres no consigue trabajo frente a  un 15,4% de hombres desempleados.

Por otro lado, debemos agregar el hecho de que la oferta y la demanda de trabajo no logran ponerse de acuerdo. Encontramos empresas que sobre exigen pidiendo conocimientos y experiencia que la mayoría de los jóvenes no tienen y que no cumplen con las normas de protección social. A esto le sumamos que los trabajos part time escasean, siendo un problema para los que estudian, y las pasantías son muy escasas. La gran pregunta que nuestros jóvenes se hacen es: ¿Cómo comenzaré a trabajar si me piden experiencia previa? ¿De qué sirve que haya estudiado tanto en la secundaria o la universidad si me piden una experiencia que no tengo?

Ante esta problemática, a través de los años los distintos gobiernos han ofrecido ayuda económica y formación para los jóvenes desempleados a través de proyectos como “Empleo Joven” ( programa de capacitación para jóvenes de entre 18 y 24 años) o el programa “Jóvenes con Más y Mejor Trabajo” (proyecto que ofrece formación, prácticas laborales y financiamientos a emprendedores entre 18 y 24 años sin empleo y sin título universitario). 

Desde PROEM apoyamos la educación de nuestros jóvenes y los ayudamos a insertarse en el mercado laboral, a través de capacitaciones en áreas estratégicas y de alta demanda laboral. 

Nota de María Belén Cantorna, voluntaria PROEM