Cada fin de año, los estudiantes de cualquier nivel educativo tienden a lamentarse por no haber estudiado lo suficiente durante el año. En ese momento es cuando surgen reproches personales debido a la falta de voluntad para cumplir con las obligaciones académicas. También suelen aparecer esas falsas promesas que anuncian que “el año que viene me voy a poner las pilas en serio”. Lógicamente, estos lamentos y argumentos infantiles son estériles cuando ya no queda tiempo suficiente para revertir la situación.

Para evitar el caos y el estrés que éste conlleva a la hora de rendir cuentas (exámenes, entregas de trabajos prácticos, etc.), es recomendable aprender a optimizar el tiempo, un recurso tan importante como limitado y que, como tal, necesita ser bien administrado.

El primer paso para una correcta gestión del tiempo es establecer objetivos claros, realistas y alcanzables. Es recomendable fijar ciertos objetivos a alcanzar a lo largo del año, como también a corto plazo (por día, por semana). Quizás pueda resultar útil anotarlos en un papel, computadora o celular, y tacharlos a medida que sean cumplidos. Probablemente, el hecho de visualizar estos pequeños logros alcanzados favorecerá el entusiasmo personal para ir en busca de aquellos objetivos a largo plazo.

Una buena propuesta para mejorar el uso del tiempo es saber en qué lo usamos. Para este análisis del tiempo se sugiere hacer un listado con las actividades a realizar durante el día. Si es posible, detallar la hora en la que se inicia una determinada actividad y la duración de la misma. Al hacer esto, al final del día probablemente quedarán expuestos aquellos minutos (u horas) que fueron destinados a una tarea poco productiva e, incluso, lleguemos a la conclusión de que, a lo largo del día, hemos pasado demasiado tiempo “haciendo nada” (el abuso de las redes sociales tiende a ser el principal responsable de esta causa en el siglo XXI).

Dentro de este análisis podremos observar en qué momentos del día aumenta la productividad personal. Teniendo en cuenta este dato, uno puede optar por realizar aquellas actividades más tediosas o que requieren mayor esfuerzo en la franja horaria que mejor rinde.

También es importante considerar cuáles son las principales causas de la pérdida de tiempo, ya sean externas (mala señal de internet, contexto desfavorable en el hogar o lugar de estudio, interrupciones o impuntualidad de terceros) o internas (desorganización, cansancio, falta de voluntad, procrastinación).

Dado que la agenda estudiantil puede verse cargada de diversas actividades, es recomendable establecer prioridades. Por ejemplo, cada día realizar primero las tareas más rápidas y sencillas, para luego poder concentrarse en aquellas que requerirán mayor tiempo y esfuerzo. En lo posible, evitar realizar varias tareas en simultáneo, sino más bien apuntar a finalizar la mayor cantidad posible durante el día, ya que el hecho de dejar muchos “pendientes” generará la sensación de que el tiempo no ha sido bien aprovechado (“estuve haciendo un montón de cosas y no terminé ninguna…”).

Luego de fijar los objetivos, realizar un análisis del tiempo y establecer prioridades, es momento de ejecutar el plan; es decir, poner manos a la obra (sentarse a estudiar, resolver un ejercicio, etc.).

Además de estas cuestiones formales, hay que tener en cuenta que en el camino del estudiante pueden aparecer frustraciones, cansancios y todo tipo de dificultades. Cada vez que se hagan presentes, es bueno no desesperar, sino volver al primer casillero para revisar cuáles son los objetivos que a principio de año movilizaron la puesta en marcha, para luego volver a analizar, reestablecer prioridades y reiniciar la ejecución del plan cada vez que sea necesario. Después de todo, no hay que olvidar que cada día es una oportunidad para empezar de nuevo, para seguir creciendo, para dar un pasito más en la búsqueda de un sueño. ¡Ánimo en este ciclo lectivo 2021!

Redacción: Christian Rao, voluntario Fundación PROEM.