En vísperas del segundo invierno pandémico en nuestro país, algunos tips para ventilar tu casa sin morir (de frío) en el intento.

¿Quién podría negar que el COVID-19 vino a modificar nuestros hábitos cotidianos?

Hemos visto alteradas aquellas actividades más bien propias del fin de semana: juntadas hogareñas con amigos, salidas a lugares altamente concurridos… Ni que hablar de esos pretenciosos y ya lejanos planes vacacionales, cuando podíamos elegir en qué remoto lugar del mundo pasaríamos nuestros días de descanso, mientras nuestro presupuesto nos lo permitiera…

Más allá de las actividades recreativas, que tuvieron que sufrir ineludibles ajustes, un factor que se ha visto considerablemente afectado es la forma de trabajar. En este sentido, cada vez más empresas adoptaron la modalidad home office, en la cual los empleados y los propios empleadores se vieron compensados con una serie de beneficios, entre los cuales se destacan el ahorro de tiempo y dinero que implica trasladarse hacia el otrora lugar de trabajo. Sin embargo, lo que parecería una ventaja para muchos, puede traducirse en una pesadilla para quienes no cuentan con las herramientas adecuadas.

Una de las tantas advertencias que nos trajo esta pandemia, es que debemos mantener nuestro hogar correctamente ventilado. Esto parecería ser algo sencillo de cumplir, considerando que casi todo habitáculo cuenta con una ventana lo suficientemente grande para permitir el ingreso de aire. La contracara es que no todos los hogares pueden darse el lujo de mantener una temperatura agradable después de abrir de par en par sus ventanas. Es fácil aconsejar que los ambientes estén ventilados, pero ¿Qué pasa cuando el invierno se aproxima y las bajas temperaturas hacen cada vez más difícil este requisito?

En primer lugar, podemos decir que es conveniente ventilar la casa por la mañana o en el momento del día en el que haya más calor. El tiempo de ventilación puede oscilar entre los 5 y 15 minutos diarios, realizándose una mayor cantidad de tiempo y de veces si se trata de un hogar con varios habitantes. Para no pasar tanto frío, es recomendable ventilar las habitaciones de a una a la vez.

Por otra parte, es aconsejable reducir el uso de la calefacción, por cuestiones económicas y sanitarias. Uno de los riesgos de permanecer con una calefacción demasiado alta es que pueden resecarse la piel, las mucosas y los ojos. Una buena alternativa para mantener una temperatura cálida es utilizando cortinas gruesas, alfombras y tapicerías, mejorando el aislamiento, especialmente de ventanas y paredes que dan al exterior y al norte.

Si la temperatura del ambiente es elevada, no sólo se percibirá una sensación de calor excesivo, sino que existe el riesgo de que el cambio de temperatura interior vs. exterior afecte las defensas del organismo, especialmente en personas que padecen enfermedades respiratorias (asma, etc.).

Trabajar con frío puede traer consecuencias como reducción de la sensibilidad y la motricidad fina, movimientos involuntarios, congelamiento de las extremidades e, incluso, fallas cardíacas. En cuanto a lo estrictamente laboral, el frío puede ser un causante de distracción. Esto se debe a que cuando la temperatura de nuestro cuerpo desciende, para mantenernos calientes utilizamos una energía extra, la cual “se le descuenta” a aquella que deberíamos utilizar para lograr una concentración en lo que estamos haciendo. Por este motivo, podemos afirmar que trabajar en un ambiente climáticamente agradable no es un simple detalle, sino una forma de alcanzar una mayor productividad.

Por Christian Rao, voluntario PROEM